Elige tu búnker, una crónica personal sobre la industria del pánico

Elige tu búnker, una crónica personal sobre la industria del pánico

—¿Y para qué querría un consumidor medio comprar tal cantidad de comida liofilizada? —pregunto a la pareja de potenciales clientes.

El silencio repta por la larga mesa de reuniones. Parece anidar en la lámpara industrial de la sala de juntas. Las miradas del grupo de ejecutivos se refugian en los sofás chester de cuero o en las frases famosas del fundador de la agencia de publicidad. Estas cuelgan de las paredes en marcos dorados: “El consumidor no es un idiota, es tu esposa” o “A menos que tu campaña contenga una gran idea, pasará como un barco en la noche”.

Inseguro por el silencio que he provocado, busco en los ojos de mis compañeros alguna pista que indique que alguien va a contestar. Temo que la pregunta haya sonado desinformada, fuera de lugar o como una estupidez soberana. Para colmo, la he formulado con mi torpe acento español. En el pasado, preguntar hasta lo obvio me ha servido para hacer hablar a los clientes, sobre todo en una primera reunión de toma de contacto. Pero esta vez temo que haya sido un error. Acabo de llegar a Chicago. Todavía no he aprendido la cultura local ni el lenguaje corporal de la gente del Medio Oeste. Tampoco sé leer en los ojos azules. Casi siempre he trabajado en países con gente de ojos oscuros y expresivos.  Ahora son las miradas de hielo de dos pares de ojos imposiblemente azules las que tengo clavadas en mi rostro. 

Sé que la pareja de clientes potenciales, hombres de mediana edad, con trajes negros de tela tosca, pelo rubio y piel lechosa, ha viajado desde el estado de Utah hasta nuestra oficina. Al preparar la reunión, he leído que trabajan para una empresa de alimentos secos de gran éxito en su estado. Buscan una agencia de publicidad que les ayude a expandir su negocio a todo Estados Unidos. Su producto estrella no es una lata ni un plato preparado en bandeja, sino un armario grande con treinta botes de comida liofilizada. Su página web asegura que la comida tiene una caducidad de 30 años. El armario y la comida te llegan a casa en menos de una semana. Solo tienes que abrir el armario, seleccionar tu menú, añadir agua caliente y, del polvo, emerge un pastel salado de patatas y pollo o un arroz teriyaki.

—En realidad… —dice el más rubio de los dos clientes—, esperábamos que fueran ustedes quienes nos ayudaran a identificar el perfil de nuestros consumidores potenciales.

La pregunta sonó a estupidez soberana. Estoy jodido, pienso. Y es mi primera reunión con clientes en esta agencia, que ha confiado lo suficiente en mí como para traerme desde Madrid, pagar mis gastos de traslado y mi visa de trabajo estadounidense. Trato de calmarme mirando por la ventana. Llevo una semana en Chicago y todavía me paraliza contemplar la nieve. La primera vez que vi nieve fue en Granada, España. Era un copo de nieve sucio que se derritía en la cuneta de una carretera. Mi padre dio un frenazo al coche y, triunfalmente, nos dejó tocar el copo como si fuera un extraterrestre caído del cielo. Tenía trece años. 

Las vistas nevadas desde las oficinas de la agencia resultan conmovedoras. La agencia está en un piso alto de un rascacielos icónico de Chicago. La belleza de la nieve cayendo sobre el barrio blanco y rico del Loop te hace olvidar la violencia de la ciudad. Chicago recibe el apodo de “Chirak” porque el número de asesinatos anuales es comparable al de los soldados muertos en la guerra de Irak. Pero claro, de esto no se habla, y menos en el trabajo. Tardaré varios años en dominar los códigos del silencio en Estados Unidos. Aquí, el silencio amordaza amplios espacios de la realidad. No se habla de temas tristes ni de ideas pesimistas. No se habla de problemas personales ni sociales. No se habla de errores ni de fracasos. 

El silencio sirve para ocultar el miedo. Miedo a preguntar. Miedo a perder el trabajo y el seguro médico. Miedo al fracaso. Miedo al otro. Miedo a la minoría. Miedo a una naturaleza gélida e inhóspita. Miedo a lo desconocido. Miedo a tener miedo. 

Disfrazado de civismo, convivencia y buenas maneras, el miedo acaba sirviendo para controlar a otros, para dominar y ejercer la violencia.  Por ese miedo, en Chicago, la capital de la amabilidad y la hospitalidad legendarias del Medio Oeste, mueren más personas que en la guerra de Irak.

Un creativo de camiseta negra y melena gris se apiada de mí y salta a reconducir la reunión con un acento italoamericano.

—Nosotros habíamos pensado que su producto era ideal para situaciones de emergencia. Ya saben, nevadas, huracanes, inundaciones, terremotos, incendios y otros actos de Dios. Por supuesto, haríamos un estudio de mercado para validar nuestra hipótesis y estimar el mercado potencial.

[…]

Fragmento de la crónica publicada por Antonio Núñez en el n.º 1 de Lo Imposible, bajo el título «Elige tu búnker», una crónica personal sobre la industria del pánico.

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Imagen: Atlas Survival Shelters